Star Wars: Galactic Racer recupera el espíritu de los grandes juegos de carreras arcade para ofrecer una propuesta tan veloz como adictiva. Fuse Games combina la conducción heredera de Burnout y MotorStorm con una campaña de estructura roguelite, una buena dosis de personalización y todo el encanto de una galaxia muy, muy lejana. El resultado es uno de esos títulos que convierten el clásico «una carrera más» en una peligrosa promesa.
Los juegos de carreras arcade llevan tiempo sin disfrutar del protagonismo de otras épocas. Por eso resulta especialmente agradable encontrarse con una propuesta que entiende que la diversión no siempre necesita físicas realistas, mundos abiertos gigantescos o sistemas excesivamente complejos. Star Wars: Galactic Racer apuesta por algo mucho más sencillo: poner un vehículo a toda velocidad, ofrecer una pista llena de peligros y darnos suficientes herramientas para que cada curva pueda terminar en una maniobra espectacular… o en un desastre absoluto.
Y lo mejor es que Fuse Games sabe perfectamente cómo hacer que conducir resulte divertido.
Una galaxia hecha para correr
La aventura se desarrolla después de la caída del Imperio, en un periodo situado entre la trilogía original y las secuelas. En este contexto surge la Liga Galáctica, una competición que lleva las carreras al Borde Exterior y reúne a pilotos de todo tipo. Nosotros asumimos el papel de Shade, un misterioso corredor que acaba entrando en la competición de la mano de Darius Pax y que pronto descubre que hay motivos personales para enfrentarse a Kestar Bool, el actual campeón.
La historia no pretende reinventar Star Wars, pero tampoco lo necesita. Hay rivalidades, traiciones, alianzas, personajes extravagantes y bastante dramatismo, todo acompañado de una colección de alienígenas y situaciones que encajan perfectamente con el tono de la saga. Las conversaciones entre carreras, los encuentros opcionales y las escenas que vamos descubriendo durante la campaña ayudan a dar personalidad a los participantes y hacen que queramos conocer algo más de ellos.
Además, el regreso de Sebulba es uno de esos detalles que cualquier aficionado a Star Wars: Episodio I agradecerá, y su presencia está integrada con naturalidad en la historia.
El juego consigue, en definitiva, construir una historia suficientemente atractiva como para acompañar a las carreras sin convertirse en un obstáculo entre nosotros y lo realmente importante: conducir.

Burnout en una galaxia muy, muy lejana
Si hay algo que define a Star Wars: Galactic Racer es su conducción. Fuse Games cuenta con antiguos desarrolladores de Criterion y esa herencia se nota desde los primeros minutos. Los vehículos responden inmediatamente a nuestras órdenes, podemos derrapar, golpear a los rivales, tomar curvas a velocidades absurdas y lanzarnos por rampas sin preocuparnos demasiado por el realismo.
La sensación recuerda inevitablemente a Burnout, pero el juego no se limita a copiar aquella fórmula. Aquí tenemos tres grandes tipos de vehículos, cada uno con sus propias características. Los Landspeeders ofrecen un comportamiento más equilibrado, las Speeder Bikes destacan por su velocidad y capacidad para aprovechar la energía y los Skim Speeders permiten realizar maniobras mucho más agresivas gracias a su particular forma de moverse. Cambiar de vehículo supone también cambiar nuestra manera de afrontar los circuitos.
Y esto es fundamental, porque las pistas están diseñadas para aprovechar esas diferencias.
Hay curvas cerradas, grandes rectas, saltos, obstáculos, desniveles y rutas alternativas. Encontrar el camino más rápido y aprender cuándo merece la pena arriesgarse forma parte de la diversión. Al principio podemos sentirnos algo torpes, pero la conducción tiene una curva de aprendizaje muy satisfactoria: cuanto más jugamos, mejor entendemos cada vehículo y más capaces somos de enlazar derrapes, adelantamientos y aceleraciones.
Hasta los accidentes forman parte del espectáculo. Los takedowns no aparecen constantemente, pero cuando conseguimos destrozar el vehículo de un rival la recompensa visual es magnífica. La cámara se aleja para mostrar el impacto y el vehículo contrario saltando por los aires antes de devolvernos al control.
Es puro espectáculo arcade.

Dos formas de acelerar, una gran cantidad de problemas
Uno de los mejores sistemas de Galactic Racer es su doble sistema de aceleración.
Por un lado tenemos el Afterburner, un turbo convencional que podemos utilizar para ganar velocidad y que se recarga progresivamente. Es la opción segura y permite mantener un ritmo elevado durante buena parte de la carrera.
Pero después está el Ramjet.
Aquí empieza lo interesante. El Ramjet proporciona un impulso mucho más potente, pero también puede sobrecalentar nuestro vehículo. Si lo mantenemos demasiado tiempo activo entramos en una zona de riesgo que puede terminar con nuestra máquina explotando.
La consecuencia es fantástica: la aceleración deja de ser simplemente un botón que pulsar y se convierte en una cuestión de riesgo y recompensa. ¿Utilizamos el Ramjet ahora para adelantar? ¿Lo reservamos para la próxima recta? ¿Nos arriesgamos a mantenerlo unos segundos más para ganar todavía más velocidad?
Aprender a combinar ambos sistemas es una de las claves para dominar las carreras. Y cuando conseguimos encadenar un derrape perfecto con el Afterburner, activamos el Ramjet en el momento justo y adelantamos a varios rivales antes de saltar por una rampa, resulta difícil no sonreír.

Un roguelite sorprendentemente bien integrado
La gran sorpresa de Star Wars: Galactic Racer está, probablemente, fuera de la pista.
La campaña utiliza una estructura basada en runs, muy cercana a lo que encontramos habitualmente en los roguelite. En lugar de avanzar simplemente de una carrera a otra, elegimos nuestro siguiente destino en un mapa de rutas ramificadas. Podemos encontrarnos con carreras normales, pruebas de eliminación, encuentros narrativos, desafíos especiales y otras actividades.
Cada decisión importa.
Durante una partida conseguimos créditos, piezas, mejoras y habilidades que podemos utilizar para mejorar nuestro vehículo. Si la run termina demasiado pronto, perderemos buena parte de lo conseguido durante ella, pero existe una progresión permanente que hace que los siguientes intentos sean diferentes.
Es una fórmula que funciona especialmente bien porque refuerza el concepto de «una carrera más». Incluso cuando perdemos, normalmente hemos aprendido algo sobre un circuito, descubierto una combinación interesante o conseguido recursos que nos ayudarán en el siguiente intento.
Además, las posibilidades de personalización son considerablemente amplias. Podemos mejorar estadísticas concretas, instalar piezas con efectos pasivos, utilizar habilidades activas y escoger diferentes estilos de piloto y ventajas. Algunas combinaciones pueden modificar por completo nuestra forma de jugar.
Podemos apostar por la resistencia, por la velocidad, por el control o por configuraciones mucho más extravagantes. Incluso es posible crear construcciones que favorezcan enormemente el uso de un determinado sistema de aceleración o de habilidades concretas.
Esta libertad convierte cada run en un pequeño experimento.

Correr es también sobrevivir
La estructura roguelite funciona porque las carreras no son únicamente una cuestión de llegar primeros. Los accidentes pueden tener consecuencias importantes y quedarnos sin oportunidades de continuar puede obligarnos a empezar de nuevo.
Puede resultar frustrante perder una partida después de haber invertido bastante tiempo en ella, especialmente cuando llegamos a uno de los enfrentamientos más complicados. Sin embargo, esa frustración forma parte del diseño y hace que superar finalmente una prueba especialmente difícil resulte todavía más satisfactorio.
Además, la progresión permanente garantiza que cada intento tenga sentido.
La campaña está dividida en diferentes actos y nos lleva por seis planetas, cada uno con sus propias características. Y aquí aparece otro de los grandes aciertos del juego: los escenarios no son únicamente decorados.

Seis planetas, seis maneras de correr
Jakku, Tatooine, Crait, Lantaana, Ando Prime y Sentinel One presentan circuitos con características propias y condiciones ambientales capaces de afectar directamente a nuestra conducción.
En Jakku, por ejemplo, el calor puede provocar problemas de sobrecalentamiento. Crait introduce superficies capaces de afectar al funcionamiento del vehículo. Otros planetas cuentan con agua, lava, ácido o temperaturas extremas que modifican las condiciones de la carrera.
Esto obliga a adaptar nuestra estrategia.
Un Ramjet que funciona perfectamente en una pista puede convertirse en un riesgo en otra. Una determinada mejora puede ser especialmente útil para contrarrestar los efectos ambientales de un planeta concreto. De esta forma, los escenarios consiguen tener identidad propia tanto visual como jugable.
Y visualmente son una auténtica maravilla.
El juego combina lugares reconocibles de Star Wars con nuevos escenarios sin perder en ningún momento la personalidad de la saga. Los desiertos de Jakku, las superficies de Crait, los paisajes de Tatooine o los entornos más exóticos están llenos de detalles, efectos ambientales y rutas alternativas.
Los circuitos, además, esconden numerosos atajos y caminos secundarios. Aprenderlos es casi tan importante como dominar nuestro vehículo.
En alguna ocasión la velocidad y la cantidad de elementos en pantalla pueden dificultar la lectura del trazado, especialmente en determinadas variantes invertidas, pero es un problema que disminuye considerablemente cuando conocemos la pista.
Y aprenderlas merece mucho la pena.
Mucho más que una campaña
Star Wars: Galactic Racer no termina cuando completamos su campaña. El juego incluye Arcade, pruebas de tiempo, Scenarios, diferentes desafíos y una propuesta multijugador que amplía considerablemente la cantidad de contenido disponible.
Los Scenarios permiten ponerse al volante de otros personajes y descubrir situaciones diseñadas específicamente para sus vehículos y estilos de conducción. Es una forma muy interesante de aprovechar el reparto de pilotos y, al mismo tiempo, experimentar con máquinas diferentes a las de Shade.
El modo Arcade, por su parte, resulta perfecto para quienes simplemente quieren correr. Las pruebas contrarreloj y otros desafíos permiten competir por mejores tiempos y perfeccionar nuestra conducción.
Y no podía faltar el Podracing.
Las carreras de vainas son todavía más rápidas y peligrosas, y funcionan como un estupendo homenaje a Star Wars: Episodio I. Es uno de esos contenidos que quizá no necesitamos para que el juego funcione, pero que terminan convirtiéndose en una de sus mejores celebraciones del universo de Star Wars.
El multijugador también aprovecha la estructura de runs para ofrecer una experiencia diferente, con progresión y mejoras durante varias pruebas. Hay contenido suficiente para seguir compitiendo mucho después de completar la campaña.

Una recreación de Star Wars hecha con mucho cariño
Hay algo especialmente conseguido en Galactic Racer: su interpretación del universo de Star Wars.
No intenta convertir las carreras en una excusa para introducir Jedi, grandes batallas espaciales o elementos que no necesita. En cambio, se centra en esa otra cara de la saga: la tecnología vieja, los vehículos que parecen estar a punto de desmontarse, los droides que sueltan chispas y las máquinas que necesitan un buen golpe para funcionar correctamente.
Incluso el pequeño sistema previo a las carreras, en el que tenemos que activar distintos sistemas del vehículo mediante una secuencia de botones, ayuda a transmitir esa sensación de estar poniendo en marcha una máquina destartalada.
El apartado sonoro también está a la altura. Los motores, los impulsos, el Ramjet, los impactos y el resto de efectos transmiten muy bien la velocidad, mientras que la música y las voces contribuyen a crear una ambientación auténticamente galáctica. El doblaje en inglés cuenta además con una variedad de acentos que encaja perfectamente con el estilo tradicional de Star Wars, y disponemos de subtítulos en español.
En PC, el resultado visual es especialmente satisfactorio: los escenarios lucen espectaculares y el rendimiento permite disfrutar de la acción a gran fluidez, algo fundamental en un juego donde una fracción de segundo puede decidir una carrera.
Un arcade con personalidad propia
Star Wars: Galactic Racer podría haberse limitado a ser un nuevo juego de carreras basado en una licencia conocida. Por suerte, Fuse Games ha decidido hacer algo bastante más interesante.
La conducción recupera la inmediatez de los grandes arcades, el diseño de los circuitos invita a aprender cada curva y cada atajo, los diferentes vehículos obligan a adaptar nuestro estilo y el sistema de aceleración añade una fantástica capa de riesgo y recompensa. Por encima de todo esto se encuentra una campaña roguelite que encaja sorprendentemente bien con el género y que proporciona una razón constante para volver a intentarlo.
Tiene pequeños defectos. Algunas pistas podrían ser más claras, ciertos enfrentamientos finales pueden resultar especialmente exigentes y se echa en falta una opción más libre para configurar carreras exactamente a nuestro gusto. También hay alguna repetición de circuitos mediante variantes, pero ninguna de estas cuestiones consigue empañar una experiencia que funciona extraordinariamente bien en lo esencial.
Porque conducir en Star Wars: Galactic Racer es sencillamente divertido.
Derrapar en una curva, esquivar un obstáculo, activar el Afterburner, cambiar al Ramjet al límite, adelantar a un rival y verlo salir despedido contra una pared mientras nosotros saltamos por una rampa es exactamente el tipo de espectáculo que llevábamos tiempo echando de menos en los juegos de carreras arcade.
Fuse Games ha conseguido recuperar ese espíritu y combinarlo con suficientes ideas propias como para que Galactic Racer no se sienta como una simple vuelta al pasado. Es un juego rápido, espectacular, adictivo y, sobre todo, tremendamente divertido.
Star Wars: Galactic Racer es uno de esos juegos capaces de convertir una carrera perdida en la excusa perfecta para jugar otra. Y otra. Y otra más.
Ahora sí: esto es podracing.